Hay un momento en la vida de todo hombre (con hombre me refiero a algunas cosas específicas: 1. no hago de ninguna manera distinción sexual. Es decir, con hombre digo humanidad. 2. Eso no significa que esté hablando de toda la humanidad. Me refiero a aquellos que saben que son hombres, saben que se sufre, que se duele, que tenemos miedo a la muerte y que hay algo en nuestra cabeza que no está bien. A los hombres que no son producidos en fábricas. A los seres humanos que suelen tener los ojos abiertos, o al menos lo suficiente para descubrir los efectos psicotrópicos de la música) en que llega a tener los ojos abiertos, o al menos lo suficiente para descubrir los efectos psicotrópicos de la música. La edad suele ser la misma, pero hay diferentes variaciones. Lo importante es que ese hombre, de repente, se da cuenta de que hay algo en esos sonidos que ya no son solo estéticos, que no solo causan placer, sino que también lo están atrapando, encadenando, y dejan al hombre con la boca seca porque se da cuenta de que ahora tiene cierta dependencia a esa... cosa... la música.
Para mí la "cosa" empezó a destacarse alrededor de los 15, pero estuvo motivada desde niño por un joven roquero que yo llamaba papá, antes de que se transforme en mi papá (claro que papá todavía tiene sus momentos de su antiguo yo, y por eso de vez en cuando asoma la cabeza en mi habitación y dice "muy bien estos guambras, quienes son?" generalmente no escucha la respuesta porque está concentrado disfrutando esos diez segundos que tiene al día para descubrir algo nuevo para su oxidada biblioteca musical. Pero es un hombre, de esos que también dependen -quizás menos, como un adicto en una no muy exigente pero larga sobriedad- de la música). Ya desde los 7 años tenía mis propios cassettes, mezclados por mi padre durante sesiones largas de clases en casa. Como una lección más, yo respondía las preguntas de mi joven viejo, a veces con timidez, cada vez más con convicción absoluta. "Journey", "Bohemian Rhapsody", "Boston", "Black Magic Woman", un larguísimo etcétera.
Para mí la "cosa" empezó a destacarse alrededor de los 15, pero estuvo motivada desde niño por un joven roquero que yo llamaba papá, antes de que se transforme en mi papá (claro que papá todavía tiene sus momentos de su antiguo yo, y por eso de vez en cuando asoma la cabeza en mi habitación y dice "muy bien estos guambras, quienes son?" generalmente no escucha la respuesta porque está concentrado disfrutando esos diez segundos que tiene al día para descubrir algo nuevo para su oxidada biblioteca musical. Pero es un hombre, de esos que también dependen -quizás menos, como un adicto en una no muy exigente pero larga sobriedad- de la música). Ya desde los 7 años tenía mis propios cassettes, mezclados por mi padre durante sesiones largas de clases en casa. Como una lección más, yo respondía las preguntas de mi joven viejo, a veces con timidez, cada vez más con convicción absoluta. "Journey", "Bohemian Rhapsody", "Boston", "Black Magic Woman", un larguísimo etcétera.
Aprendí con él el olvidado arte de crear cassettes mezclados: se realizaba una primera selección de canciones a grabar, anotándolas en un cuaderno. Después, si el tiempo no estaba anotado en la contraportada o en las páginas interiores del folleto, se consultaba al reproductor, y se anotaba la duración de cada canción al lado de su título. Yo empezaba siempre escogiendo, en primer lugar, dos canciones: cada una encargada de empezar cada lado del cassette. Había que empezar bien, con fuerza, atacar de entrada. A mitad de la cinta se podía incluir una balada, para suavizar el asunto, y finalizar con algún hit. Eso sí, los tiempos tenían que ser medidos, para que las canciones no se cortaran, o para que no sobrara mucho vacío al final. Hasta ahora recuerdo que logré, alguna vez, grabar un cassette que tenía dos segundos y seis segundos extra en cada lado respectivamente. Esos insignificantes ocho segundos me alejaban de ser un dios. Fue increíble.
Quemar cd's también tuvo su encanto, pero mucho menos. Es cierto que la calidad de la música mejoró, y la tecnología, y la accesibilidad, etc. Pero es duro saber que el tiempo está cambiando nuestras costumbres, la satisfacción personal que uno tenía cuando niño, el arte oculto de crear un cassette, sentarse junto al viejo mentor, tomar el disco de vinil, soplar su polvo y escucharlo girar.
Así que lo único que nos queda es la nostalgia. Quizás una nostalgia justificada, que encuentra un vínculo con el hecho de saber que jamás veremos en vivo a los Beatles, Queen, Joy Division, Ramones, Alice in Chains, Nirvana, Jane's Addiction, The Kinks, Sonic Youth, y un tan largo como tristísimo etcétera.
